martes

PRIVILEGIO



Me gustan los animales esquivos como el lince, la cigüeña negra o la nutria. Cuando los he tenido como compañeros de río sabía que el paraje era de verdad salvaje y pocos humanos andaban cerca. El pescador sigiloso se encuentra con mucha fauna en sus nomadeos por las aguas. Durante muchos años tuve de vecino de río a un “gran duque” enorme que salía de su agujero en la roca y me pasaba volando a menos de un metro del sombrero, a un águila real que año tras año tuvo su pollada con orgullo sin importarle el pescador que lanzaba en su poza el señuelo, una cigüeña negra que sacaba con éxito cuatro cigüeñinos todas las temporadas en un nido a dos metros del agua y a una diminuta comadreja a la que sorprendí algunas tardes espiándome curiosa sobre el paredón de un molino derruido. Es también muy frecuente sorprender a jabalíes y corzos, zorros y tejones, azores cazando, garzas, ánades y todo tipo de fauma menuda amante del agua como el mirlo de agua o el martín pescador.

No humanizo los bichos, aborrezco al señor Disney y a toda su parentela de “animales-persona”, si acaso me quedo con Samaniego o con Kipling que, otorgando carácter humano a las bestias, entendían su ética y su estética. Tampoco me parecen más simpáticos o humanizables los mamíferos que los insectos, me merece igual cuidado una golondrina que una garrapata, admiro por igual la belleza de un corzo que la de una anodina polilla o un abejorro negro. Puedo matar de un manotazo un mosquito que me está picando o devoro con gusto un conejo salvaje al ajilllo, pero me interesan ambos igual que el elegante león del documental o el bellísimo orangután de Borneo. Es cierto que hay animales numerosísimos cuya extinción nos parece dificil y otros, en cambio, ya están condenados a desaparecer aunque queden un puñado de ellos aún libres, Pero unos y otros son igual de admirables y maravillosos a los ojos de una biólogo aficionado o de un niño curioso. Claro que a veces ocurre lo contrario. La paloma migratoria americana nublaba el cielo en bandos compuestos por millones de individuos y el bisonte, en cambio, parecía que se extinguiría sin remedio. Hoy la paloma migratoria no existe y las poblaciones de bisontes gozan de buena salud. De la extinción de la paloma migratoria y de la recuperación del bisonte americano los únicos responsables somos nosotros. A los ojos de cualquier biólogo la única amenaza planetaria, la única plaga isidiosa es la de los sapiens, somos de lo peor para el resto de especies.



Pero no quiero irme lejos... Estaba con el lince, la cigüeña negra y la nutria. Sobre todo la nutria que me ha acompañado siempre en los ríos que más he querido durante toda mi vida. Las he visto desde niño retozar, jugar, pescar peces, comer con delectación cangrejos, nadar, chillar, pelearse y observar a aquel tipo que metido en sus aguas. Muchas veces se asustaron y desaparecieron de mi vista en un segundo bajo el agua. Otras en cambio se acercaron más o menos curiosas, más o menos prudentes. Vivir estos instantes es un privilegio. Hemos conseguido entonces ser "el hombre invisible". No indica que estamos pescando aguas limpias, paisajes salvajes, lugares poco transitados que los sapiens han respetado por olvido o ignorancia o desidia, muy pocas veces por conciencia conservacionista. También estos instantes nos dicen que tal vez no seamos buenos pescadores pero al menos somos sigilosos, alborotamos poco, tenemos cuidado en confundirnos con el entorno y ser un bicho más que estorba poco.

El sábado no estaba con mi hijo el pescador, se quedó en Madrid porque tenía obligaciones, exámenes, cosas que estudiar, inquietudes adolescentes. Eran las nueve de la mañana y supongo que con la visera, las gafas polarizadas y metido en el agua y la hierba hasta la cintura yo era para la nutria “poco humano”, un animalejo bien raro. Ella siguió su camino, chillando su monólogo matutino y yo seguí el mío tras los peces. El paraje era bellísimo, cantaban las perdices, me ladraron dos corzos, pasaba arriba y abajo mi querido martín, tuve reunión de galápagos y me pelee con unos cuantos barbos.
 Gracias doña nutria, gracias don barbo -  que diría Samaniego.




lunes

ÚLTIMO DE FILIPINAS

Querido hijo pescador, esta es una historia antigua, imprecisa y extraña. La de un bisabuelo para mí, tatarabuelo para tí, cuyo trabajo hoy nos puede parecer bien raro: recorrer las tierras cercanas a su pueblo, o no tan cercanas, comprando y vendiendo mantas y otras telas de abrigo con una recua de buenas mulas murcianas. Su casa estaba en Valdeverdeja, un pequeño pueblo entre Toledo y Cáceres cuya linde era el río Tajo, por entonces bronco, encañonado en cortes graníticos y pizarrosos que era muy difícil vadear, un río caudaloso y serio con rápidos peligrosos, remolinos y quebradas salvajes que en nada se parece al triste y manso río de hoy, encerrado en presas, enterrado y envenenado por miles de toneladas de cieno y pestilencia.
Pero estamos a finales del siglo XIX y a nuestro joven amigo le tocó, por pobre, ir de quinto a Filipinas. Un servicio forzoso ordenado por la parásita monarquía y sus fantoches militares. Conoció entonces el mar, la selva, otras lenguas y que el mundo, considerado por él muy ancho y largo cuando lo recorría para vender mantas con su recua de mulas, era en realidad inmenso y distinto hasta casi el infinito. Pero también conoció el horror sin cuento, la guerra más estúpida, enfermedades que consumían a los hombres entre fiebres negras y vómitos de sangre, la pura maldad disfrazada de grandes palabras como patria, imperio, destino, España… que utilizaban a los jóvenes humildes para hacer sus guerras y defender sus industrias y sus turbios negocios emboscados. De allí salió nuestro pariente en el último barco de 1898 y apunto estuvo de ser uno de los pardillos del sitio de Baler, pero el azar le libró al menos de ese último desastre.

Tras un largo viaje en barco en condiciones de mala mar, hacinados, enfermos muchos, mal alimentados siempre, llegaron a un puerto y del puerto a un tren lentísimo que los dejó en Madrid abandonados, despreciados, delgadísimos, harapientos, destrozados por dentro y por fuera. Nunca recibirían pensión alguna tantos y tantos que llegaron muy enfermos, heridos y locos. Pero nuestro antepasado tenía suerte y recursos. Los años de nomadeo desde casi los doce recorriendo los caminos de España con las mulas le habían entrenado en la dura vida de la intemperie. En el barco había leído viejos y sobados periódicos para entretener el tedio y en uno de ellos le había llamado la atención la proeza de un excéntrico capitán americano que había bajado el Tajo pocos años antes desde Aranjuez hasta Lisboa metido en un extraño traje flotante de caucho. Así que a nuestro intrépido muchacho no se le ocurrió otra cosa que hacer lo mismo en una pequeña y vieja barca redonda que compró a unos trasmalleros por un valioso duro de plata de Amadeo, toda su fortuna entonces. Llevó con él su sombrero de paja, la manta de campaña, una navaja grande, un plato de peltre con su cuchara, dos kilos de tasajo, medio saquito de nueces, otro medio de arroz, unos aparejos de pesca y dos cañas de bambú que compró en una ferretería de la calle Toledo.

Supongo que necesitaba respirar y olvidar. Se montó en la barca en la misma orilla que da a la margen derecha del puente de Segovia mientras cientos de sábanas tendidas al sol le saludaban. Se dejó llevar por la mansa corriente medio dormido, medio despierto, hasta que llegó donde el Manzanares se fundía con el Jarama. Comenzaba a anochecer cuando vio que el Jarama se metía en el Tajo por debajo de la ciudad de Aranjuez. Un día después pasó Toledo. Dos días después Talavera. Al día siguiente llegó cerca de Valdeverdeja. No sé nada más de aquel intrépido antepasado nuestro. Nada sé de los detalles de su extraño viaje. Sólo que contó esta bajada a su hijo. Mi padre me contó que su padre Teodoro aún guardaba en Madrid una de aquellas cañas de tres tramos con las que pescó en el viaje mi bisabuelo.
Hoy sé que el Tajo de entonces era un río limpio, fuerte, caudaloso, difícil y he imaginado ahora ese viaje gracias a las olvidadas crónicas periodísticas del famoso capitán Boyton y a un deslumbrante capítulo del libro del gran Edward Abbey en el que describe su bajada por el grandioso cañón de Glen en una pequeña barca de goma pocas semanas antes de que fuera anegado también por una presa en el río Colorado en los años sesenta. Yo siempre renegué de los planteamientos ciegos de Juan Benet cuando sentenciaba que: “Al río hay que dominarlo y si no se deja, hay que darle para que entienda quién es el amo”. Esa idea que luego se ha demostrado, si no totalmente falsa, si muy equivocada, la de hacer canales, pantanos y muros para domar los ríos, evitar inundaciones y convertir nuestros secanos yertos en vergeles. La lógica de exprimir y encerrar el río sin ningún miramiento propició que durante el siglo veinte hirieran de muerte a casi todos. Hoy nos quedan las presas, las cloacas, el agua contaminada, la peste. De la riqueza prometida poca y la que se genera, de pocos. Ahora piensan que todo se arregla con depuradoras, sistemas carísimos que dicen dejar el agua impoluta cuando las aguas salen en realidad de la depuradora cinco veces más sucias que la que tendría un río limpio. 

Pero no quiero darte la murga con mis militancias. Lee la maravilla de Abbey o las alucinantes crónicas del loco de Boyton, mira los dibujos infantiles que hizo Carduchi en 1641. El Tajo era entonces, aún a comienzos de siglo XX, un río bellísimo, utilizado por cientos de molineros, barqueros y pescadores. Mi bisabuelo bajó por él dejándose llevar por la corriente. Hoy yo ya no podría hacerlo. Tu tatarabuelo bajó por el Tajo y el río le curó todas las heridas que le hicieron en un lugar remoto casi los mismos tipos que luego hirieron de muerte a su río. 

Tal vez un día imagine y escriba con detalle aquella aventura de mi bisabuelo. Tal vez algún día el Tajo vuelva a ser un río limpio. Y libre.

Enlaces interesantes:

Sobre los mapas de Carduchi:
http://www.ayto-toledo.org/archivo/imagenes/pym/planoriotajo/riotajo.asp

Sobre el capitan Boyton y su aventura: 
http://chajurdo.blogspot.com.es/2010/04/el-intrepido-capitan-boyton-el-ultimo.html


miércoles

SUBMARINO


Mis hijos ya son mayores, uno tiene 21, otro 17. Hace tiempo que no recordaba que cuando eran pequeños y tenía que dormirles por la noche les contaba siempre un cuento y, al contrario que otros niños, siempre querían que les contase un cuento diferente, así que cada noche, como un avezado Sherezado, me inventaba un nuevo cuento. Eran escuchantes exigentes así que cada historia debía tener, además de su dosis de novedad, sus gotas de intriga, misterio, truculencia, maravilla, y aventura. No era un trabajo fácil.
Además de los cuentos estaban los juguetes. A los niños de este siglo les regalamos y regalan muchos juguetes a lo largo de toda su infancia. Sin embargo los que más les gustaban a mis hijos eran los que yo fabricaba con todo tipo de desechos, trozos de otros juguetes, masa de papel, basurillas... Cualquier chisme servía para construir un avión, un camión, un animal, un monstruo, un juego de mesa raro, una grúa funcional o una joya mágica que te hacía invisible. Luego los niños crecen, se hacen adultos, se van y ya no nos necesitan. Tampoco nuestros cuentos ni todos esos juguetes que acaban en un trastero o un contenedor.

El otro día estuve en casa de mi hijo y pude ver que tenía en su habitación una heterodoxa, diversa y creciente biblioteca en la que se mezclaban en extraña armonía Alan Moore con Piketty, Stanislaw Lem con Rendueles, Weber con Grousset… y todo así. Pero lo que me sorprendió fue que en una balda de la biblioteca, a modo de adorno, recuerdo o bibelot tenía mi vieja, querida, olvidada y sufrida caña granate Grauvell telescópica que dejé de utilizar cuando tenía unos veinte años y con la que había vivido no pocas aventuras piscatorias. También había junto a sus libros dos de esos juguetes que yo le había hecho cuando mi hijo mayor era un niño de tres o cuatro años.
El uno era una marioneta con cabeza de papel y engrudo, el cuerpo fabricado con el retazo de la manga vieja de un jersey, pintada con cualquier cosa, con ojos de papel recortado, barba y pelo hecho de un peluche roto y un cigarro en la boca. Se llamaba “Manolete Cigarrete” y el personaje me sirvió para contar todo tipo de loquísimas aventuras seguramente no muy aptas para niños y todas políticamente poco correctas. El otro juguete era un submarino, que funcionaba y navegaba sumergido lo justo para enseñar el periscopio a la hora del baño. Un submarino que fabriqué en un rato con una lata de refresco (el cuerpo central), la tapa de un desodorante (la proa), un tubo de aspirinas vacío donde iba la pila y el motor eléctrico (la popa) un cartucho vacío (la torreta de observación), una pajita de refresco (el periscopio), dos cucharillas de helado (los estabilizadores de inclinación), dos vainas de cobre vacías (los tubos lanzatorpedos) y dos plomos romboidales de pescar (el lastre) pegados al fondo que me sirvieron para buscar el peso justo para que su navegación fuera en semi-inmersión y en horizontal. Luego le dí una buena mano de pintura impermeable gris y escribimos su tipo y modelo en color rojo apagado. El submarino amenizó innumerables juegos de bañera y todo tipo de batallas junto con otros barcos hechos de forma más simple con una corteza de pino tallada o cáscaras de nuez, unos palitos y una vela de trapo. Todos esos barcos supongo que acabaron en naufragio hace ya muchos años.

No pregunté a mi hijo porqué tenía allí, en un lugar tan preeminente de su biblioteca, esas reliquias de su infancia que se habían salvado de todas las mudanzas, cambios decorativos de habitación, limpiezas, ritos de paso y olvidos naturales. Pero ahí estaban. Luego les hice una foto en un momento que él salió.
Entonces no lo sabía, pero ahora pienso, tras recuperar a Manolete Cigarrete y el submarino 33-AX, que lo mejor que he dado a mis hijos fueron todos esos cuentos loquísimos y esos juguetes hechos con desechos. En ellos tampoco había nada especial ni extraordinario, ninguna gran sabiduría, ninguna gran lección, ningún tesoro. Sólo mi tiempo.



lunes

PIEDRA DE SOL


No queda nada. Un gran zarzal tapa los cimientos. A la derecha estaba el puente moderno que se llevó una año la crecida, también está oculta su barandilla por la maleza. A la Izquierda una gran encina que ya ha resistido dos incendios. La “cantina del cojo”. Una pequeña y pobre edificación cuadrada de adobe que no tenía ni luz ni agua. Las cervezas y refrescos se enfriaban con enormes barras de hielo que se compraban cada día en la fábrica del pueblo. De pincho, para acompañar una cerveza, tantas veces “del tiempo”, peces fritos, tasajo, taranga, cortezas en adobo, aceitunas amargas. Eran tiempos de penuria y de magia. Subían enormes anguilas que venían del mar de los Sargazos. Paco las pescaba con pez seco y paciencia. La gente gustaba de las ranas con tomate y los lagartos fritos. Había galápagos gigantes, nutrias parlanchinas, una lobera a menos de un kilómetro, miles de luciérnagas en los perdidos, ranas de San Antonio de un verde que no ha visto jamás en ningún cuadro. No se llamaba Comala ni Macondo pero aquel territorio estaba en su misma provincia de memoria. Sobra decir que el agua era abundante y cristalina hasta en agosto. Hoy apenas corre y esta sucia. Pero aún puede volver allí y eso hace ahora aquí sentado, pegado a la pantalla, sentado, civilizado, con hambre de su ración de “tiempo y paraíso”:


Dejó atrás la primitiva cantina hecha de adobes y se asomó a la parte umbría del pilar del puente. El agua fabricaba un suave remolino y paraba parte de la dura corriente. Allí aguardaban los peces más grandes y fuertes a que llegase la comida por la invisible cinta transportadora del agua, al estar obligada a pasar por los embudos de los dos arcos. Levantó uno de los rollos de la corriente y recolectó un buen puñado de gusarapas que luego conservaba en uno de los bolsillos delanteros de la camisa previamente empapada. La caña de bambú de cuatro metros era muy ligera y flexible tras pasar cinco años secándose en el desván de la casa grande. El cañaveral que crecía junto al pozo y los mandarinos era uno de los orgullos de su abuelo. El sedal atado a la empuñadura pasaba luego por la única anilla de la punta. El aparejo era mínimo, apenas dos pequeños plomos y dos anzuelos de dieciocho que había aprendido a empatar con habilidad y rapidez tras unas cuantas tardes de dócil entrenamiento ante los ojos del viejo. Le gustaba escaquearse de esas horas de siesta, libre ya de los tedios y rutinas de la escuela. Le gustaba también madrugar, desayunar un gran plato de buñuelos recién hechos por su abuela y bajar hasta el puente para pasar la mañana pescando hasta la hora de comer. Pronto cumpliría doce años. Sostenía la caña bajo la axila con la mano derecha mientras los dedos de la izquierda sentían la leve tensión del sedal, el picapica del pez, el breve tirón final antes de ver salir del agua oscura a dos pececillos llenos de plata, oro y vida. La sombra de la maraña de sauces le ayudaba a ocultar su silueta. Sus ojos acechaban el punto misterioso en el que bajaba el sedal. Recordaba aún, como un hecho lejano y ya remoto, la primera vez que bajó hasta ese lugar de la orilla con su abuelo, con ocho o nueve años. No olvida las primeras instrucciones, las primeras larvas acuáticas rebullendo en su mano, y sobre todo la fascinación, el deslumbramiento de sentir por primera vez el tirón y ver luego los pececillos salir de lo profundo y llegar hasta sus dedos mientras intenta sujetarlos y desclavar el pequeño anzuelo de sus bocas.
Sumergió el sombrero de paja en la corriente y luego se lo puso. Sintió de inmediato el escalofrío, el frescor helado escurriendo por su cara y el cuello. Luego acuencó la mano para beber un trago. Vio cómo varias larvas habían logrado llegar hasta el borde del bolsillo y se tiraban al agua. Lanzó de nuevo por encima del remolino. Esa vez sintió un tirón distinto, más violento, más seco. La caña se dobló y el sedal cortó el agua corriente arriba y superó el pilar y los primeros rápidos. El pescador nunca había sentido nada semejante. Otras veces había logrado atrapar un barbo bueno, alguna boga grande, pero esta vez debía de ser otro pez de una raza distinta. Recordaba los consejos del viejo: la caña siempre alta, seguir con la punta la carrera del pez, no forzar el hilo, cansar al pez si es grande, seguirlo... Pero el pez no se cansaba y la punta de la caña comenzó a bajar, a dejar de apuntar al cielo, a tensar demasiado el fino sedal traslúcido. El chico corrió con habilidad saltando de piedra en piedra corriente arriba hasta que logró orillar una hermosa trucha oscura. La sujetaba a duras penas con las dos manos, vencida al fin. Quiso alejar al pez del agua antes de desanzuelar, pero, sin saber cómo, el animal se soltó, cayó en lo somero y se alejó despacio, perezosa, sin que el chapoteo del pescador y sus dedos atenazando el agua o el vacío lograsen sujetar aquel cuerpo grande y resbaladizo que desapareció en un segundo río abajo, de nuevo hacia el remolino. Su color, su forma, sus dientes, su silueta en el agua alejándose se le quedarán grabados al chico como un tatuaje hecho de tinta negra en los más hondo de sus ojos. Subió desolado la cuesta, casi llorando, con la caña en una mano y el junco lleno de bogas ensartadas en la otra. Le parecieron entonces pececillos ridículos, botín de niños, de pescadores torpes que iban a lo fácil. Desde entonces sería ya otro pescador, aunque no lo sabía.



Han pasado casi cuarenta años. Nada queda de aquel puente o la cantina del cojo. Apenas quedan bogas y grandes barbos remontando su río, casi ninguna trucha. Recuerdas que entonces te vestías con unos vaqueros gastados, una camiseta vieja, un sombrero de paja medio roto, zapatillas de lona y considerabas de lo más natural que en las ilustraciones del libro de Mark Twain, tanto Tom como Huckleberry se vistieran así, como tú en el verano, Y que su ocio fuera ese, el de pasar todo el día en el monte y en el río. Luego visitaste Comala, Macondo, Región y leíste también deslumbrado “Piedra de Sol”. De toda su pirotecnia embriagadora te quedó dentro ese verso extraño que dice: “defender nuestra ración de tiempo y paraíso”.

Han sido unos cuantos miles de años caminando, así que lo extraño es que nos hayamos acostumbrado tan pronto a estar sentados todo el día mirando de cerca una pantalla luminosa. Más de dos millones de años si nos remontamos al género homo, más de doscientos mil años si sólo tenemos en cuenta a sapiens, son muchos años caminando sin parar y mirando lejos, acechando animales, pescando peces. La locura y la tristeza, la obesidad y el colesterol, la cobardía y la miopía son el resultado de no hacer caso a nuestros genes y no salir todos los días al camino a mirar el horizonte. Muchos de nuestros congéneres están encantados con esta nueva vida de comodidad y sedentarismo, sólo hacen ejercicio o deporte por prescripción médica o porque está de moda o para conseguir y lucir cierta esbeltez. Unos pocos, en cambio, no soportamos estarnos quietos, nos tira el instinto al campo y sólo allí nos sentimos en paz, reconfortados, tranquilos. Es llegar al río o  al monte y sentir en el cuerpo que se está en casa. Allí tenemos nuestra ración de "tiempo y paraíso” que es o debería ser uno de nuestros derechos como humanos. Estaría el derecho al refugio, el alimento, la cultura, el cuidado. Y también el derecho a la memoria y al amor. Tú añades como derecho estas horas de río y soledad. “defender nuestra ración de tiempo y paraíso”.



domingo

FUEGO


Pronto el fuego, pero ahora le parece un milagro este frescor de amanecer que corre por la orilla. El agua, aún opaca, no deja ver los barbos que ociquean tan cerca y salen de huida en cuando detectan sus pasos. Se sienta junto a una encima grande y prepara la caña, enhebra la línea, ata un bicho de floam parecido a una chicharra.

Pronto el fuego, pero aún le quedan unas horas de caminar a placer, despacio, olvidando todo, descubriendo el pez y lanzando con mimo el señuelo cerca de sus morros. Contempla varios kilómetros de orilla. Descubre un zorrillo que viene a su encuentro, olisqueando alguna carpa muerta no se ha percatado de su presencia.

Un gran barbo toma la chicharra nada más caer. La sorpresa se reparte por igual entre el hombre, el pez, el zorro. No sabe su tamaño. Le saca la seda entera y la reserva, luego corre en paralelo a la tierra por el fondo, golpeando su cabeza con las piedras y se desengancha. El zorro trota monte arriba. El pescador suelta una voz que suena en la inmensa soledad como las palabras de furia de un dios griego.

Pronto el fuego. El disco anaranjado ya se ha vuelto amarillo. Casi son las nueve. Comienza a hacer calor. La inclinación de los rayos unos poquísimos grados convierte el aire en helador o hirviente. Todo depende de él, una burbuja de hidrógeno encendida, un dios venerado durante miles de años por los hombres. Ya quema. Bebe con avidez de la cantimplora. Antes de dar la vuelta se mete en el agua verdosa, nada un poco, sumerge la cabeza. Luego regresa como un náufrago tranquilo que no espera salvarse o como un peregrino al que no le importa llegar a Finis Terrae.

Un último lance de despedida cerca del coche, clava, lucha, sonríe, como un dios griego embriagado de dicha vuelve a gritar fuerte. El eco llega lejos, quién sabe si hasta el sol que ahora ya quema como fuego de verano.

ANOXIA


El agua está verde. Es una estupenda sopa de fertilizantes que pone cachondas a las algas. El proceso se llama "eutrofización". En una primera fase se enturbia el agua y la vida del fondo se muere al no poder hacer la fotosíntesis porque no llega la luz. Luego las algas de la superficie, según van muriendo, caen al fondo, las bacterias descomponen esa materia orgánica y se consume el poco oxígeno que queda (agua anóxica) El delicado ecosistema acuático de un río  compuesto por bacterias, microorganismos, algas, larvas de insectos, moluscos y peces se va a la mierda.

Hace mucho tiempo que los agricultores, la agricultura, las autoridades responsables de la cosa perdieron el oremus y vendieron su alma a la industria química de los fertilizantes (pesticidas, semillas, herbicidas…) el compost natural, el humus y todos los trillones de bacterias, lombrices y demás valiosísimos bichitos de dios ya no son importantes para que los tomates sean gordos, las cerezas lustrosas o las mazorcas de maíz gigantes. Además los agricultores echan siempre dosis mayores en la creencia errónea del “cuanto más mejor”. Todo ese fertilizante y pesticida llega hasta las aguas subterráneas o por escorrentía llega al río abonando y "desinsectando" el agua. Pueden hablar con cualquier biólogo que haya estudiado, analizado e investigado la cuestión y les contará maravillas. Envenenamos los ríos y no pasa nada. A nadie importa. No es noticia. Como mucho decimos que es molesto que el agua se ponga verde y huela mal porque no podemos bañarnos.

Todo esto se lo debemos a Fritz Haber, nada menos que Premio Nobel de Química de 1918 por desarrollar la síntesis del amoniaco, un proceso eficaz y barato para hacer fertilizantes de forma industrial, (también explosivos) Pero los agricultores de todo el mundo no le conocen, no hay monumentos en las plazas de los pueblos por haber iniciado una parte de la llamada “revolución mundial verde” y todo porque, a parte de inaugurar la industria del fertilizante, fue el padre de la guerra química con sus investigaciones y trabajos sobre el gas dicloro y otros gases venenosos que se utilizaron durante la Primera Guerra Mundial. Fue condecorado por el Kaiser y hasta le dieron el grado de capitán. Él estaba muy orgulloso de sus inventos que hacía progresar los campos de cultivo y las trincheras. Su mujer Clara Immerwahr, que también era química, se pegó un tiro y también su hijo Hermann, tener un marido o un padre orgulloso de haber inventado esos estropicios no parece tampoco muy saludable. Fritz se defendía argumentando que la muerte era la muerte y tanto daba palmarla respirando gases asfixiantes que por una bala de siete mm o un trozo de metralla de un obús del 77, se nota que él no respiraba sus perfúmenes. Luego, en los años veinte y treinta, los científicos de su laboratorio desarrollaron el gas cianuro Zyklon A para fumigar los almacenes de grano, pero los nazis lo convirtieron tiempo después en el Zyklon B que fue utilizado en Auschwitz-Birkenau y otros campos de exterminio para fumigar a la gente. 

Vuelvo al agua verde, que no es sólo culpa del tío Fritz Haber sino del tipo de agricultura intensiva que derrocha el agua y luego la envenena, ese tipo de agricultura que mantenemos, impulsamos, subvencionamos, enseñamos, consumimos. No sé si saben que nos estamos bebiendo, comiendo, respirando toda esa sopa química toxica bioacumulativa. Pobres ríos, pobres peces, pobres pescadores… y pobres ignorantes, inocentes e ilusos ciudadanos. Otra agricultura es posible hoy. Mañana será tarde.

lunes

BARCA


El cielo se va llenando de óxido fluorescente y la noche ocupa muy pronto el aire. El pescador tiene la cabeza fuera de la pequeña tienda. Contemplar las estrellas o el fuego son la televisión que han estado mirando los hombres durante miles de años. Sin embargo nunca cansa. Cientos de hembras de mosquito andan por ahí buscando su coctel para vampiras excitadas pero el repelente las mantiene a distancia. Escucha el vibrar velocísimo de las pequeñas alas cuando pasan cerca de sus oídos, el sonido del agua golpeando las piedras de la orilla,  las agudas notas de los grillos con sus viejos Estradivarius y la música de las esferas que es ese silencio nocturno que ocupa el resto de la imaginación de quién está sólo, en medio del campo, lejos de guaridas de cemento y chismes con pantalla.

Hacía muchos años que no bajaba hasta allí con la barca, la tienda, las cañas. No se tarda mucho tiempo en salir de casa y estar en ese río embalsado. Es un placer mirar la olvidada televisión de las estrellas y dormirse acunado por el grupo de rock and roll de los insectos nocturnos tocando en unplugged. Despertarse luego cuando la claridad es apenas un filo, recoger el mínimo campamento en diez minutos y estar ya pescando, sobre la barca, cuando se levanta la lengua de frío que limpia la penumbra. Los peces, a esa hora, tras una noche sin luna, tienen ganas de un desayuno completo y urgente. Lanza una ratita presumida echa de pelo de ciervo junto al tocón sumergido de una encina y tras el pop sale de la nada la bocaza de un bass. El chapoteo hace eco en la quebrada. Saca del pequeño macuto un jersey grueso. Siente el cariñoso abrazo de la lana envejecida. Se aleja luego del lugar dándole al remo. Le gusta pescar ahora bajo los peñascos verticales donde tenía su nido hace años el gran duque. Cambia la bobina para meter una línea hundida y atar un zonker largo y negro con cabeza pesada. Detrás de la cabeza siguen unas hilachas brillantes, cuatro centímetros de sedal trenzado y luego el anzuelo. Entre el anzuelo y la bola plateada se estira el trozo de piel de conejo. Más que un pez, el señuelo parece una pequeña serpiente marciana. A los lucios les gusta. Pronto saldrá el sol por completo, quedan sólo unos instantes. Lanza. Deja que se hunda la línea. No podría decir si han pasado un minuto o cinco. Recoge entonces despacio, a pequeños tirones. No puede imaginar como será el fondo rocoso de esa parte del río, solo sabe que es muy profundo. Cuando por fin sale el sol los primeros rayos le dan en la espalda. Estaba esperando ese calor hace rato. Se estremece. Recuerda entonces, con íntimo placer, que le queda todo el día por delante. Deja entre las piernas la caña que acaba de lanzar y saca unas galletas muy dulces. El café del termo está frío. Recuerda mientras desayuna como una vez tuvo que lanzarse por la borda tras la caña y el pez que se la llevaba. Agarró por azar el talón, a ciegas, ya dos metros bajo el agua turbia. Salvó la caña, logró el barbo y se quedó luego desnudo, escurriendo la ropa, dejando que el sol le calentase. El mismo sol que hoy va dorando la superficie del río. Estuvo mucho tiempo así, tiritando, hasta que el calor le templó el cuerpo. Han pasado veinte años desde aquel chapuzón. Son nada.

Ayer por la noche, antes de dormir, recibió algunos guasap de su hijo el pescador. Siempre termina con un “b noches, TK”. A su hijo le gustaban mucho estas pequeñas aventuras con la barca pero a esta no pudo venir. De pronto siente la línea tensa, dura, como un enganchón en alguna roca o un tocón sumergido. Luego el tirón violento. La punta de la caña casi tocando el agua. En lo más profundo el tiempo y la vida revolviéndose. Aquí arriba la certeza de tener aún todo un día por delante. No hay más lujo.


CUENTO


ποταμοῖς τοῖς αὐτοῖς ἐμβαίνομεν τε καὶ οὐκ ἐμβαίνομεν, εἶμεν τε καὶ οὐκ εἶμεν τε. En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos]. (Heráclito)

Vladímir Propp se dedicó a analizar los cuentos populares rusos y publicó en 1928 su “morfología del cuento”, descubrió que en todas los cuentos populares se daban unos pocos sucesos o "funciones narrativas" recurrentes. Su libro fue muy importantes para el antropólogo Claude Lévi-Strauss y el semiólogo Roland Barthes. En otro lugar del mundo Carl Jung, el brillante y rebelde alumno de Freud, también el más viajero, definió “los arquetipos y el inconsciente colectivo” un sistema de referencias común a toda la humanidad. En Italia el maestro Gianni Rodari escribió su famosa “Gramática de la fantasía”, con herramientas y técnicas sobre el arte de inventar historias. Joseph John Campbell, el mitólogo y escritor yanqui escribió en 1949 “el héroe de las mil caras” un asombroso estudio sobre los mitos en las diversas culturas del mundo que desvela los temas universales y eternos que hay en todas ellas. Además introdujo “el viaje del héroe” como el mito de todos los mitos. Y otro americano ahora famoso, Charles Vogler, escribió hace poco “El viaje del Escritor” con trucos para que guionistas, dramaturgos y novelistas pudieran usar las estructuras míticas que están en casi toda la literatura del mundo desde el principio de los tiempos y que a todos nos conmueven por igual. Recuerdo ahora a estos grandes tipos porque en las aventuras que vivimos en los ríos están todas las aventuras y en las palabras que las describen están los mismos sucesos o funciones narrativas de todos los cuentistas. Siempre se dijo que un pescador era un fabulador y un cuenta cuentos.

Todos soñamos con el viaje, la aventura, la sorpresa y el asombro. Deseamos romper con nuestra máscara de sedentarios oficinistas y vivir, despojados del disimulo y el aplazamiento, en nuestra verdadera naturaleza de nómadas. Y luego volver pero siempre recordarlo, guardarlo en la memoria, escribirlo y saber hacerlo. Parece fácil, posible, hasta asequible pero nunca lo hacemos, como mucho nos disfrazamos de turistas, compramos un paquete bien seguro de aventura y volvemos sin contar demasiado, sin escribir casi nunca, recordando lo obvio, atesorando fotografías clónicas y experiencias que tienen bien poco de auténticas. Es cierto que desde que Ulises salió de Troya camino a Ítaca todos los viajes son ese viaje y todos las historias, narraciones y relatos son siempre el mismo cuento, pero eso no nos ha quitado las ganas de salir a vivirlo y a desear contarlo. Mi forma de viajar de verdad han sido y son los ríos. Ellos me permiten vivir la verdad del viaje, su incertidumbre, peligro, cansancio, placer, riesgo, sorpresa, maravilla, premio, encuentro, descubrimiento y conocimiento. El pretexto es ir a pescar pero nunca los peces son la energía que me impulsa y mi forma de pesca tiene siempre más de camino largo que de contemplación sedentaria. Los ríos salvajes son mi lugar de plenitud pero en ellos no busco ningún éxtasis místico, ninguna felicidad garantizada, ningún misterio sagrado al que agarrarme ante las incertidumbres catastróficas de nuestro futuro sino una forma de hogar. Luego cuento mis pequeñas aventuras de pescador. Experimentar la aventura es importante pero también explicarlo, contarlo, traducirlo a palabras, escribirlo, no desde el egoísmo del atesoramiento de momentos y fotografías sino por la generosidad de compartir con otros el secreto. Y el gran secreto es el río, de él nacieron todas las historias, todos los cuentos.



viernes

EL FALLO


Un fallo. Todo bajo control. Luego la nube. El desconcierto. La espera y la angustia frente a los televisores. Después se fue cayendo todo como un castillo de naipes. La telefonía. El sistema eléctrico. Los colapsos de tráfico. La vio a lo lejos. A veces marrón a veces tornasolada empujada por los vientos del oeste. La gente huía igual que en las películas salvo por el silencio. Salió caminando campo a través en dirección contraria. No se veían sus montañas. Cruzó varias autovías llenas de coches sin gente, cercas metálicas vencidas, descampados que no llegaron nunca a urbanizarse. Grupos de personas agotadas compartiendo viandas que hablaban a gritos o en susurros. Bolsos de viaje abiertos y abandonados, botellas de plástico vacías. Después nada. Llevaba horas caminando. Cruzaba barbechos aún resecos y campos de siembra de un verde intenso. Cuando llegó al primer río no le importó mojarse hasta por encima de la rodilla. No llevaba nada. Ni siquiera el miedo o las llaves de casa. Al atardecer, el sol de primavera reflejado en la nube, ya más lejos, la llenaba de tonos naranjas y azules. Era alta e infinita como un frente de tormenta. Tras ella la muerte. O sobre ella. O antes de ella. Pero ya no pensaba en todo eso. Ni en las advertencia de los pocos. Ni en la seguridad de las autoridades al principio. Llegar a las montañas, se repetía. No el para qué. Tampoco el luego.  Sólo tenía sus pies y la cazadora vieja que había cogido a pesar del calor de abril. Nada para protegerse. Ninguna herramienta para comenzar a reinventar la civilización. Ni siquiera un cuchillo de cocina o una caja de cerillas o el móvil por si el sistema volvía a funcionar. Le sobresaltaron las perdices que asustó al final el bosquecillo. O tal vez fuera la suave tranquilidad del tiempo allí, como a treinta kilómetros ya de la metrópoli. Se alejó de un camino asfaltado, de las primeras casas de una urbanización. Cruzó un pinar umbrío y una zona de huertos con los frutales llenos de flotes caídas. Se sintió bien por no ver a nadie. Dijeron que no habían podido apagarlos. Que el segundo reactor también había reventado. Que la nube seguiría creciendo. Y quién sabe. Decían muchas cosas pero ya no repetían como malos actores las palabras “control” y “tranquilidad” hasta que la gente dejó de escuchar y creer. Se sentó a descansar antes de cruzar el arroyo lleno de cañizos altos y secos. Descubrió junto a su zapato las dos piedras suaves color caramelo y se las metió en el bolsillo sin pensar. Ya se veían a lo lejos las montañas con sus manchas de nieve resistiendo. Bebió un poco de agua. Primero con prudencia. Luego con ganas. No sabía a lodo pero sí a hierba cortada o a fruta demasiado madura. Siguió caminando reconfortado. Luego orinó contra un tocón lleno de setas parásitas. Apenas quedaban dos horas de luz. Ya no miraba la nube venenosa que estaría muy cerca del primer cinturón de grandes pueblos del sur de la ciudad. Entonces sintió la punzada del hambre de una forma animal, casi con dolor. No recordaba haberla sentido nunca. En la oficina siempre tenía en el segundo cajón una bolsa de almendras y dos barritas de chocolate y barquillo. Además la máquina del pasillo tenía de todo. En la última reunión del departamento se habló de quitar algunos snacks y meter bolsas con fruta cortada pero sin mucho entusiasmo. Su compañera de departamento le dijo burlona que estaba engordando. Ahora todo aquello le parecía como una historia leída en un libro comprado por error en un aeropuerto. Rodeó un campo de cardos muy altos y un olivar tapizado de flores amarillas de diente de león. Tras cruzar una nueva carretera secundaria, en el terragal triangular que formaba el cruce, vio escabullirse a un conejo. La cuesta estaba llena de madrigueras. No pensó, ni planificó, ni meditó verbalmente ninguna estrategia como cuando memorizaba las presentaciones de power point en la oficina. Con prisa, pero también con una rara eficiencia mecánica fue tapando con piedras y palos tronchados todas las madrigueras salvo una. Descubrió entonces, sorprendido, igual que si hubiera encontrado en medio del campo una mochila llena de maravillas, que tenía ese instinto. Esa sabiduría a medias ancestral a medias cultivada era su arma o su confortable equipaje. Se tumbó tras el agujero y extendió su mano como una garra justo en el borde. Cerró los ojos. Respiraba despacio. Poco tiempo después sintió sobre su pecho los zapatazos que daban varios metros debajo de la tierra. El primero se le resbaló entre los dedos, dio un pequeño chillido y siguió corriendo hasta perderse tras el arcén. El segundo y el tercero los agarró bien. Su mano se cerró mucho antes de que se lo ordenara. Encontró una chapa alargada junto al comienzo de un quitamiedos. Tenía el filo suficiente. Los limpió bien y los llenó por dentro con brotes de tomillo que crecían tras una alambrada. Desanduvo el tramo hasta el arroyo. Apiló allí paja, cañas finas y leña más gruesa. Su padre le había enseñado como si fuera un juego o un desafío. Tenía por entonces quince años. Igual que a cazar. Tardó un rato bien largo. Al final funcionaron las dos piedras de sílex color caramelo tostado. Se levantó una mínima brisa fresca. Hizo una cama  con varios montones de cañizo. El olor de la carne asada era delicioso. Se sintió bien, en paz, casi feliz, tal vez de nuevo civilizado. Mientras comía con hambre se acordó de nuevo del viejo. Hacía años que no se acordaba de él. Dijo algunas palabras en voz alta. Era las primeras palabras que decía desde por la mañana. Gracias viejo. Sólo la noche escuchaba.