lunes

CUENTO


ποταμοῖς τοῖς αὐτοῖς ἐμβαίνομεν τε καὶ οὐκ ἐμβαίνομεν, εἶμεν τε καὶ οὐκ εἶμεν τε. En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos]. (Heráclito)

Vladímir Propp se dedicó a analizar los cuentos populares rusos y publicó en 1928 su “morfología del cuento”, descubrió que en todas los cuentos populares se daban unos pocos sucesos o "funciones narrativas" recurrentes. Su libro fue muy importantes para el antropólogo Claude Lévi-Strauss y el semiólogo Roland Barthes. En otro lugar del mundo Carl Jung, el brillante y rebelde alumno de Freud, también el más viajero, definió “los arquetipos y el inconsciente colectivo” un sistema de referencias común a toda la humanidad. En Italia el maestro Gianni Rodari escribió su famosa “Gramática de la fantasía”, con herramientas y técnicas sobre el arte de inventar historias. Joseph John Campbell, el mitólogo y escritor yanqui escribió en 1949 “el héroe de las mil caras” un asombroso estudio sobre los mitos en las diversas culturas del mundo que desvela los temas universales y eternos que hay en todas ellas. Además introdujo “el viaje del héroe” como el mito de todos los mitos. Y otro americano ahora famoso, Charles Vogler, escribió hace poco “El viaje del Escritor” con trucos para que guionistas, dramaturgos y novelistas pudieran usar las estructuras míticas que están en casi toda la literatura del mundo desde el principio de los tiempos y que a todos nos conmueven por igual. Recuerdo ahora a estos grandes tipos porque en las aventuras que vivimos en los ríos están todas las aventuras y en las palabras que las describen están los mismos sucesos o funciones narrativas de todos los cuentistas. Siempre se dijo que un pescador era un fabulador y un cuenta cuentos.

Todos soñamos con el viaje, la aventura, la sorpresa y el asombro. Deseamos romper con nuestra máscara de sedentarios oficinistas y vivir, despojados del disimulo y el aplazamiento, en nuestra verdadera naturaleza de nómadas. Y luego volver pero siempre recordarlo, guardarlo en la memoria, escribirlo y saber hacerlo. Parece fácil, posible, hasta asequible pero nunca lo hacemos, como mucho nos disfrazamos de turistas, compramos un paquete bien seguro de aventura y volvemos sin contar demasiado, sin escribir casi nunca, recordando lo obvio, atesorando fotografías clónicas y experiencias que tienen bien poco de auténticas. Es cierto que desde que Ulises salió de Troya camino a Ítaca todos los viajes son ese viaje y todos las historias, narraciones y relatos son siempre el mismo cuento, pero eso no nos ha quitado las ganas de salir a vivirlo y a desear contarlo. Mi forma de viajar de verdad han sido y son los ríos. Ellos me permiten vivir la verdad del viaje, su incertidumbre, peligro, cansancio, placer, riesgo, sorpresa, maravilla, premio, encuentro, descubrimiento y conocimiento. El pretexto es ir a pescar pero nunca los peces son la energía que me impulsa y mi forma de pesca tiene siempre más de camino largo que de contemplación sedentaria. Los ríos salvajes son mi lugar de plenitud pero en ellos no busco ningún éxtasis místico, ninguna felicidad garantizada, ningún misterio sagrado al que agarrarme ante las incertidumbres catastróficas de nuestro futuro sino una forma de hogar. Luego cuento mis pequeñas aventuras de pescador. Experimentar la aventura es importante pero también explicarlo, contarlo, traducirlo a palabras, escribirlo, no desde el egoísmo del atesoramiento de momentos y fotografías sino por la generosidad de compartir con otros el secreto. Y el gran secreto es el río, de él nacieron todas las historias, todos los cuentos.



viernes

EL FALLO


Un fallo. Todo bajo control. Luego la nube. El desconcierto. La espera y la angustia frente a los televisores. Después se fue cayendo todo como un castillo de naipes. La telefonía. El sistema eléctrico. Los colapsos de tráfico. La vio a lo lejos. A veces marrón a veces tornasolada empujada por los vientos del oeste. La gente huía igual que en las películas salvo por el silencio. Salió caminando campo a través en dirección contraria. No se veían sus montañas. Cruzó varias autovías llenas de coches sin gente, cercas metálicas vencidas, descampados que no llegaron nunca a urbanizarse. Grupos de personas agotadas compartiendo viandas que hablaban a gritos o en susurros. Bolsos de viaje abiertos y abandonados, botellas de plástico vacías. Después nada. Llevaba horas caminando. Cruzaba barbechos aún resecos y campos de siembra de un verde intenso. Cuando llegó al primer río no le importó mojarse hasta por encima de la rodilla. No llevaba nada. Ni siquiera el miedo o las llaves de casa. Al atardecer, el sol de primavera reflejado en la nube, ya más lejos, la llenaba de tonos naranjas y azules. Era alta e infinita como un frente de tormenta. Tras ella la muerte. O sobre ella. O antes de ella. Pero ya no pensaba en todo eso. Ni en las advertencia de los pocos. Ni en la seguridad de las autoridades al principio. Llegar a las montañas, se repetía. No el para qué. Tampoco el luego.  Sólo tenía sus pies y la cazadora vieja que había cogido a pesar del calor de abril. Nada para protegerse. Ninguna herramienta para comenzar a reinventar la civilización. Ni siquiera un cuchillo de cocina o una caja de cerillas o el móvil por si el sistema volvía a funcionar. Le sobresaltaron las perdices que asustó al final el bosquecillo. O tal vez fuera la suave tranquilidad del tiempo allí, como a treinta kilómetros ya de la metrópoli. Se alejó de un camino asfaltado, de las primeras casas de una urbanización. Cruzó un pinar umbrío y una zona de huertos con los frutales llenos de flotes caídas. Se sintió bien por no ver a nadie. Dijeron que no habían podido apagarlos. Que el segundo reactor también había reventado. Que la nube seguiría creciendo. Y quién sabe. Decían muchas cosas pero ya no repetían como malos actores las palabras “control” y “tranquilidad” hasta que la gente dejó de escuchar y creer. Se sentó a descansar antes de cruzar el arroyo lleno de cañizos altos y secos. Descubrió junto a su zapato las dos piedras suaves color caramelo y se las metió en el bolsillo sin pensar. Ya se veían a lo lejos las montañas con sus manchas de nieve resistiendo. Bebió un poco de agua. Primero con prudencia. Luego con ganas. No sabía a lodo pero sí a hierba cortada o a fruta demasiado madura. Siguió caminando reconfortado. Luego orinó contra un tocón lleno de setas parásitas. Apenas quedaban dos horas de luz. Ya no miraba la nube venenosa que estaría muy cerca del primer cinturón de grandes pueblos del sur de la ciudad. Entonces sintió la punzada del hambre de una forma animal, casi con dolor. No recordaba haberla sentido nunca. En la oficina siempre tenía en el segundo cajón una bolsa de almendras y dos barritas de chocolate y barquillo. Además la máquina del pasillo tenía de todo. En la última reunión del departamento se habló de quitar algunos snacks y meter bolsas con fruta cortada pero sin mucho entusiasmo. Su compañera de departamento le dijo burlona que estaba engordando. Ahora todo aquello le parecía como una historia leída en un libro comprado por error en un aeropuerto. Rodeó un campo de cardos muy altos y un olivar tapizado de flores amarillas de diente de león. Tras cruzar una nueva carretera secundaria, en el terragal triangular que formaba el cruce, vio escabullirse a un conejo. La cuesta estaba llena de madrigueras. No pensó, ni planificó, ni meditó verbalmente ninguna estrategia como cuando memorizaba las presentaciones de power point en la oficina. Con prisa, pero también con una rara eficiencia mecánica fue tapando con piedras y palos tronchados todas las madrigueras salvo una. Descubrió entonces, sorprendido, igual que si hubiera encontrado en medio del campo una mochila llena de maravillas, que tenía ese instinto. Esa sabiduría a medias ancestral a medias cultivada era su arma o su confortable equipaje. Se tumbó tras el agujero y extendió su mano como una garra justo en el borde. Cerró los ojos. Respiraba despacio. Poco tiempo después sintió sobre su pecho los zapatazos que daban varios metros debajo de la tierra. El primero se le resbaló entre los dedos, dio un pequeño chillido y siguió corriendo hasta perderse tras el arcén. El segundo y el tercero los agarró bien. Su mano se cerró mucho antes de que se lo ordenara. Encontró una chapa alargada junto al comienzo de un quitamiedos. Tenía el filo suficiente. Los limpió bien y los llenó por dentro con brotes de tomillo que crecían tras una alambrada. Desanduvo el tramo hasta el arroyo. Apiló allí paja, cañas finas y leña más gruesa. Su padre le había enseñado como si fuera un juego o un desafío. Tenía por entonces quince años. Igual que a cazar. Tardó un rato bien largo. Al final funcionaron las dos piedras de sílex color caramelo tostado. Se levantó una mínima brisa fresca. Hizo una cama  con varios montones de cañizo. El olor de la carne asada era delicioso. Se sintió bien, en paz, casi feliz, tal vez de nuevo civilizado. Mientras comía con hambre se acordó de nuevo del viejo. Hacía años que no se acordaba de él. Dijo algunas palabras en voz alta. Era las primeras palabras que decía desde por la mañana. Gracias viejo. Sólo la noche escuchaba.




jueves

TORMENTA CON LOU



Aquel día de abril diluviaba y sin embargo, aún sin luz, el pescador metió el equipo en el seina y bajó a su río escuchando a Lou a todo volumen en el cassette. La garganta comenzaba a estar crecida y bronca pero, ayudado con un palo, con el agua por las rodillas, cruzó por el murete de la represa ya desbordada.

Con dieciocho no le daba miedo el agua, así cayera el mar entero del cielo. Llevaba el viejo impermeable largo del abuelo, las botas altas remendadas y un viejo sombrero engrasado de fieltro fino. Al contrario, la lluvia fuerte y hasta torrencial a veces, le llenaba de euforia en la seguridad de que nadie más bajaría a pescar con ese tiempo endemoniado. Sabía que los pescadores del pueblo eran unos tipos cómodos y sensatos que esperaban siempre a que acampase, pero él estaba hecho de otra pasta. Le gustaba el golpeteo de los goterones sobre le tejido y sentirse protegido bajo el impermeable, el desgastado jersey de lana cruda, el sombrero y su pasión enfermiza por las truchas. Con tormenta tocaba pescar entonces sólo las orillas, lanzar allí donde el torrente daba un poco de descanso, en las zonas anegadas donde la corriente o la espuma no eran aún excesivas.

La lluvia fuerte, desordenada, enredada en el viento, sonando sobre todas las hojas del bosque era también unas buena canción. A pesar de la crecida el agua aún no estaba turbia y las truchas iban saliendo. Estaba desanzuelando una, encima de un gran cancho, sobre Poza Redonda, cuando escuchó el ronquido. Era un sonido raro, sordo, enorme, como el que imaginaba que haría un terremoto y que se podía escuchar con claridad por encima del rugido de la cascada furiosa que golpeaba por la izquierda el fondo de la poza.

Cuando la vio llegar saliendo de la curva del río se quedó paralizado por el asombro, no por el miedo. La enorme almadía de palos, árboles y espumarajos aparentaba avanzar muy despacio pero en menos de un segundo llegó aquel tapón de maleza y barro a sus pies. El agua era ahora marrón. El nivel subió de golpe más de un metro y los troncos crujían, saltaban y chirriaban como animales vivos al rozar con las piedras y caer a través de la cascada. El pescador estaba ahora aislado en lo alto de su cancho, rodeado de espuma sucia, ensordecido por la crecida y por el extraño sonido de las enormes piedras del fondo que movía la riada como si fueran azucarillos en la taza de un loco. Se sentó sin temor. Arreciaban con más fuerza el aguacero. El pescador silbaba una canción que no podía ni oír por encima del estruendo. Sonrió. Sacó del bolsillo los higos secos con nueces que se había preparado por la noche y comenzó a comerlos. Apenas eran las diez de la mañana.

Allí estuvo varias horas rodeado de muerte. El agua aún creció medio metro más. Luego el nivel bajó lo suficiente para poder saltar hasta las piedras de la orilla. Más tarde supo que la riada se llevó dos puentes e inundó, como nadie recordaba, las vegas y las casas del llano llevándose por delante todo lo que encontró a su paso. Caminando de vuelta al coche, aún sentía como vibraba la piedra donde había estado sentado como si aquella vibración de guitarra furiosa se le hubiera metido debajo de la piel. Ahora sí podía escuchar la canción que silbaba encima de aquel cancho.

She said, "Hey babe, take a walk on the wild side"
I said, "Hey honey, take a walk on the wild side"
And the colored girls say
Doo do doo, doo do doo, doo do doo…

Han pasado muchos años. Lou Reed ya está muerto y el pescador recuerda con asombro y una sonrisa aquel día peligroso. Era verdad, ahora lo sabe, la vida fluye a veces bronca y turbia como una crecida rabiosa. Otras sin embargo, la corriente es suave y casi dulce. El miedo o el peligro siempre son otra cosa. Doo, doo do doo, doo do doo…




domingo

ÁRBOL




Los barbos se acercan nadando muy despacio, perezosos. Hay que andarse con ojo y no moverse, no hacer sombra, lanzar con la lentitud de una araña y mantener la pose que tiene la rama de un aliso, con paciencia, memoria y esperanza. Pero los árboles se mueven, sólo hay que tener ganas de mirarlos, ver como a través de las estaciones, de los años, se mueven hacia arriba y hacia abajo, mueven sus raíces y sus ramas, sus hojas al crecer o al caer. También se mueven a lo ancho engrosando sus troncos. Y cuando la brisa los toca también suenan, susurran, a veces casi aplauden si el viento está furioso. No tienen corazón ni cerebro pero hacen cosas muy sofisticadas, fabrican azúcar en sus hojas partiendo de materia inerte, agua, luz y luego la llevan hasta las raíces para seguir creciendo y hacer frutos, luego semillas. Todo el azúcar que necesitamos para que nuestro cerebro piense lo fabrican las plantas. Los árboles del río beben sin esfuerzo. Muchas veces piso sus raíces cuando afloran desnudas en la orilla. Los que están lejos deben buscar la humedad escondida, las corrientes de agua subterráneas, lo que nunca hemos visto, esos ríos que hay debajo de la tierra llenos de agua fósil y quien sabe qué misterios.
Descanso de este sol fuerte de Julio a la sombra de sauces, alisos, chopos, fresnos, castaños, robles, nogales, zarzas, adelfas, tamujos, enredaderas, helechos, ortigas… beben agua que luego se evapora en sus hojas y eso hace que la temperatura a su lado sea agradable,  muy distinta a la que hay unos metros más lejos de este precioso bosque de galería. Dicen que cuando estaban haciendo la enorme trinchera del Canal de Suez encontraron una raíz que había profundizado buscando el agua más de treinta metros. O que hace poco encontraron una higuera salvaje en Sudáfrica que había llegado con sus raíces a más cien metros de profundidad. Pero los árboles de mis ríos no tienen que trabajar tanto. Beben sin problemas, dan sombra, germinan, dan frutos, dejan caer sus hojas cuando llega el invierno y así pasan la vida a mi lado o yo al suyo. Una decena de metros más arriba hay un pequeño secadero de tabaco abandonado y junto a uno de sus muros crece una higuera que da brevas, no muchas, quince o veinte, que suelo coger todos los años desde que la descubrí. Hace años, con prisas y hambre, arrancaba tres o cuatro y me las iba malcomiendo río abajo para no perder tiempo y llegar de una vez a la poza. Ahora no tengo prisa, traigo de casa un poco de buen jamón cortado muy fino y me hago bocatines de jamón y brevas peladas. Sentado, sin prisa, las mastico con usura, las saboreo despacio, la mezcla agridulce está exquisita, son el mejor desayuno del mundo a eso de las nueve. Luego bajo a la poza más grande contemplado la belleza del bosque de ribera y los musgos y líquenes que cubren los canchos. Ahora, ya en la poza, bien comido y bebido, a la sombra de un aliso y un sauce, acecho a los barbos que se apostan en la corriente mermada que aún queda. Los placodermos, peces vertebrados y ya con mandíbula, aparecieron hace 400 millones de años. El Tiktaalik, un pez con extremidades vivió hace 375 millones de años. Los árboles llevan aquí más de 385 millones de años. Nosotros, el sapiens sapiens, apenas 200 mil. y ya somos una plaga.
Así que estoy rodeado de viejos amigos dependientes del agua como yo. Aunque otros sapiens, rio arriba, vampirizan el agua para regar alguna ambición o algún jardín con césped y luego parte de ese agua rezuma llena de glifosatos, nitrógeno, fosfatos y otras miasmas enmierdándolo todo. Hasta que un día todo se seque y no tengamos agua potable para beber. Se morirán los sauces, los peces y los sapiens. Resistirán los líquenes, las adelfas, los arraclanes y espero que la higuera que da brevas, así si viene algún marciano de lejos y descubre lo idiotas que fuimos podrá comer unas brevas aunque no tenga jamón para adornar el mordisco. Tal vez nos utilicen a nosotros, amojamados ya, convertidos en momias camino de ser sólo fósiles, por ser gilipollas. 


jueves

DERROTA



Uno nunca debería sentirse derrotado en el río, aunque se acabe de romper el sedal y al otro extremo nade libre el pez de tu vida. Aunque en toda la mañana hayas visto una jodida trucha y el agua te parezca un espejo borroso y muerto. Aunque tus reflejos o tus fuerzas ya no sean los de antes y al vadear te hayas caído al agua y ahora estés en pelotas y escurriendo a conciencia los calcetines. En el río no hay éxito o fracaso. Nadie nos aplaudirá, ni nos dará palmaditas en la espalda, ni alabará nuestra pericia y nuestro arte por las truchas tocadas. Tampoco nadie abucheará nuestros tropezones, enganches o bolos. Al río no se va a ganar a nadie, ni a derrotar a nadie, ni a competir contra nada. La derrota y el triunfo están en otra parte, en otra dimensión, en la vida allá lejos, en la ciudad, donde un nombre, una profesión, un reconocimiento, unos objetos nos disfrazan de otra cosa, justo de lo que no somos.

Estos días, meses, tal vez años, estamos como diría Claudio Rodríguez “en derrota, nunca en doma”.  Derrotados por tantos desastres que nos tocan, muchas veces vencidos, pero nunca domados. El pescador a mosca es un tipo resistente, casi incansable, prendado de la locura de los ríos, caminando siempre aguas arriba, contracorriente. Derrotados hoy, pero no junto a esta garganta. Quizá por eso volvemos, porque en el río nos sentimos libres, autosuficientes, independientes, fuertes. Tal vez sea este el secreto, sentir una forma de libertad muy concreta que tocamos con la punta de los dedos durante muchas horas, que podemos saborear despacio y que cuesta bien poco. Claro que nos sentiremos muy bien si pescamos muchas truchas, mejor grandes que pequeñas, mejor luchadoras que dóciles, mejor en lances complicados que fáciles, pero no dejamos de tocar esa preciosa libertad si nos volvemos a casa alguna vez bolos y sin besar escama. Durante esas horas de agua nada nos derrotó. Y si alguna vez, en la pelea, se fue la trucha grande ganando su libertad, dejándonos rabiosos y perplejos, nunca pensamos “he perdido” sino “ya te pillaré otro día, otra semana u otro año y serás más gorda”.

Le explico al hijo pescador porqué los pescadores a mosca siempre vamos río arriba, contracorriente. No por luchar contra el agua sino porque allí nunca hay derrota ni tristeza.



lunes

EL MANUSCRITO DE ASTORGA



El río lamía despacio las riberas llenas de hierbajos ralos y brezales enanos. En las suaves montañas del fondo aún se agarraba la nieve. Nadie contemplaba uno de los paisajes más hermosos de las islas. Las diminutas flores del brezo eran de un rosa muy intenso que contrastaban desde muy lejos con los verdes oscuros, la nieve, el cielo, tan raro sin nubes en esa latitud.
Nadie, solo él, metido en el agua helada por encima de la rodilla. Un pescador casi centenario que lanzaba con delicadeza una mosca pequeña con una caña de bambú aún más antigua que él. Había dejado el Land Rover en la curva. Su amigo Willy McCoy se había gastado muchos miles de libras en recubrir el carril con una exótica grava rosada para no romper el paisaje con una fea carretera parda. Casi medio millón para no manchar la belleza del inhóspito paisaje escocés. Así era el Sir.
El pescador clavó una buena trucha. Parecía que el pez en cualquier momento iba a tirar al anciano al agua. Pero logró afianzar bien los pies en el fondo y la dejó correr por la tabla. Luego fue recogiendo la seda hasta tener la trucha en la red. Le quitó el anzuelo y la tomó entre sus manos resecas y temblonas. Vete. La trucha se quedó un segundo flotando entre dos aguas y al segundo siguiente desapareció en lo profundo. El pescador caminó muy despacio hasta la orilla y se sentó en una roca. Encendió con mimo el habano y aspiró una calada lenta. Volvió a pensar entonces en la llamada anónima que había recibido esa madrugada.

Bueno Ángel, amigo, por fin tienes tu libro. Dijo a nadie.

Dejó con mucho cuidado la caña sobre la hierba y buscó en la memoria del su teléfono cierto número de Ginebra. Buenos días. ¿Tú tampoco duermes? ¿Tan mal está el negocio de los libros viejos? Tras un par de segundos de silencio el pescador escuchó la voz que esperaba. Hola Royuela, siempre jodiendo a los amigos. ¿Y a ti qué te importa lo que vendo? Raimond fue al grano sin rodeos. Esta mañana una voz de mujer me ha ofrecido el manuscrito. Dos millones de euros. Alguna que conoces tú aunque ya no se te ponga tiesa judío cabrón. Escuchó algo parecido a la risa de una hiena. Vosotros los bolcheviques siempre tan poéticos. Tengo precisamente un paquete de treinta cartas de Vladímir Maiakovski que escribe a cierta camarada guapa esposa de cierto amigo de papá Stalin. Una está fechada dos días antes de que se pegara un tiro. ¿Te interesan éstas? El pescador no le siguió el juego. No era mal tipo el traficante, habían estado juntos casi toda la guerra hasta llegar a Berlín y antes entraron juntos en aquel pequeño campo auxiliar que no tenía nombre cerca de Dachau. Tantos años y seguían teniendo pesadillas recordando lo que vieron allí. No cabrón, no me interesa la bragueta de Maiakovski ni del puto Stalin, sabes que desde hace mucho tiempo me interesa el Manuscrito de Astorga, ¿tienes algo o no?. Nunca hablaron de lo que vieron en ese pequeño campo sin nombre que no existe en ningún libro de historia, en ninguna fotografía. Nunca encontraron las palabras precisas para explicar lo que descubrieron allí. Pillaron a los nazis con las manos en la masa quemando un montón de pequeños cuerpos. Eran cincuenta alemanes contra cinco apátridas con uniforme yanki. Después de que se les terminaran los cargadores fueron a por ellos gritando enloquecidos con el cuchillo de combate en la mano. Cuando acabó todo sólo quedaban Raimond y Bruno cubiertos de sangre y cien niños judíos supervivientes que contemplaron la lucha y la carnicería sin poder levantarse del suelo, solo sonreían y susurraban palabras en polaco y en ruso. El espanto no se quedó ahí. De esos cien solo sobrevivieron cuatro tras la liberación del campo.

Te pensaba llamar esta mañana. Ayer me enteré de que había aparecido en el mercado tu jodido manuscrito de pesca. La vendedora se llama Alexandra Dover, es colega, hablé con ella, por lo visto sólo es intermediaria de una fundación con sede en Madrid que se llama Dragón General. El viejo pescador se quedó en silencio. Le sonaba el nombre pero no sabía por qué. Gracias Bruno, te debo una. Quiero ir a Ginebra el martes. Compra el manuscrito. No importa el precio. Apunta una dirección que te voy a dar y cuando lo tengas mandas allí el libro. Y organiza una cena con los chicos. La voz del traficante suizo se hizo más grave y lenta. Claro viejo. Cualquier día palmamos. Hace por lo menos cinco años que no nos reunimos. Haremos una fiesta de despedida. El pescador chupó el habano muy despacio, saboreando los aromas dulces y picantes del tabaco. Amigo, ¿cuántas reuniones de despedida hemos hecho ya los seis?, cuando cumplimos sesenta, luego setenta, ochenta, en la última teníais casi todos noventa. ¿Te das cuenta de que no hemos muerto ninguno?, ¿de que ninguno sufre achaques ni enfermedades relevantes? Simón, Klaus, Kurt, tú, yo, Tristán es más joven, pero debe tener ochenta y tantos. Hemos envejecido pero tenemos una extraña salud de hierro. A veces he pensado que todos morimos, los chicos y nosotros, en aquel campo y que la vida de después ha sido otra cosa. Se escuchó una risotada forzosa al otro lado. ¿Qué has bebido tan temprano viejo?. Adiós Raimond. Salud.

El anciano volvió a meterse en el río. Caminaba con tiento pero no con menos torpeza que cualquier otro pescador a mosca. Podía recordar, como si todo hubiera ocurrido ayer, las discusiones con Ángel el leonés, metidos en la tienda de campaña, los tediosos días de antes del desembarco. Su defensa de cierto manuscrito maravilloso y muy antiguo que describía con palabras mágicas la fórmula secreta de unas moscas infalibles. Nos lo trajo a la escuela el maestro del pueblo, don Atenodoro se llamaba. A veces nos hacía dictados con aquellos legajos de un amigo suyo. Fijándome en mi cuaderno de dictado hice yo luego algunos moscos, canela fina amigo, nada que ver con esas mosquitas inglesas que hacéis aquí y que son una mierda. Aquellos halftrack llenos de españoles republicanos y franceses de Leclerc comenzaron a atravesar Europa reventando las defensas alemanas. Por la noche, las pocas horas de descanso, aquel joven leonés le describía esas extrañas moscas, …plumas de negrisco acerado claro, pardo de obra muy menuda que no sea dorada, bermejo de gallo de muladar encendido y luego encima una vuelta de pardo granadina… o le hablaba de los ríos de su tierra …llenos de truchas gordas como carcañal de moza. Mira esta caña, me la regaló una pelirroja que trabaja en Hardy y cuando acabemos con Hitler y con Franco me voy a casar con ella, voy a hacerme una casa junto mi río y voy a pescar en el Órbigo y el Torío todos los días de mi vida.  Pero si casco te la regalo. Sería una pena que nadie la llevase nunca más de pesca o que se la quede algún boche cabrón. Recuerdas, como si fuera ayer, aquel diecisiete de agosto en el que alcanzaron a tu Sherman y todo hervía. El leonés, menudo, muy delgado, se metió en aquella olla monstruosa a punto de reventar y te sacó inconsciente y malherido, pero vivo. Te arrastraba por la hierba cuando los obuses del tanque explotaron Te debo una Ángel.  

Raymond lazó la seda en la cabecera y clavó una trucha aún mayor que la anterior. Se estaba levantado un viento helado del norte. Salió del agua renqueando, apoyado en su bastón de vadeo. El Sir le tendría preparado en la casa un buen almuerzo. Recuerdas también, como si apenas hubieran pasado unas horas desde entonces, el día en que entraste en París y luego, tras cruzar el Mosela, el olor a cordita y a pólvora, a carne quemada, a aceite ardiendo. El camión oruga de tu amigo convertido en chatarra retorcida. Los cinco españoles muertos, destrozados y sin embargo su frágil caña de bambú intacta, atada junto a los soportes de los fusiles. Esta caña que ahora se cimbrea en su mano. Te debo una amigo. Nunca te olvidaré.

 ¿Cuántos años han pasado?. Dices en voz alta. No has olvidado nunca a aquel soldado español de La Nueve. La pasión de sus palabras describiendo sus fantásticas moscas antiguas. Cuando hace pocos años, apareció en Fly Fisherman la pequeña noticia de la desaparición del manuscrito regalado al Dictador Franco en el sesenta y cuatro comenzaste las pesquisas, pusiste cebos, echaste las redes. Tu camarada Bruno, que se hizo librero de viejo tras la guerra, descubrió que intentaron subastarlo en Londres en el setenta y ocho con mucho sigilo pero aquella venta no llegó a buen puerto. Después nada. Muchos años sin pistas. Y ahora por fin aparecía de nuevo.  Eres un acomodado jubilado, pionero de la distribución de vinos selectos franceses en la Gran Bretaña. dos millones de euros es casi todo tu fondo de pensiones. Y qué. Sonríes mientras conduces despacio por un carril del color de los brezos. Tu amigo el Sir también sabe derrochar bien su dinero. Imaginas la cara de sorpresa de la funcionaria de la Biblioteca Nacional de España cuando reciba el lunes el pequeño paquete con el precioso Manuscrito de Astorga y el remite que le has dicho a tu amigo que escriba. De parte de Ángel Sánchez "el leonés". Salud y Libertad.



martes

FUTURO II


Me sorprende el primer sol a pie de agua, tocando truchas, envuelto en soledad, tomillo en flor, agua muy limpia. Mis ríos mantienen frescos los recuerdos de los que se fueron. En ellos siento mejor que en ningún sitio que estoy vivo. De ellos obtengo dicha, placer, felicidad, que son cosas distintas.

La idea no es dejar los ríos como están para las generaciones futuras sino dejarlos mejor, con agua limpia, con caudal, con peces sanos, salvajes, autóctonos… Y sobre todo que puedan ser conocidos, valorados y hasta usados, sin que su uso implique destrucción o degradación, por todos los ciudadanos. No se trata de proteger determinados santuarios prístinos de visita prohibida y que el resto de los ríos o del río sea una mierda, sino de recuperar todo su cauce, desde el nacimiento a la desembocadura. Dentro de cien años nadie va a entender porqué no nos importaron nuestros ríos, porqué los contaminamos, secamos o embalsamos para el peculiar beneficio de unos pocos. Hoy ya no lo entienden muchos.


La libélula vivió parte de su vida bajo el agua y ahora vuela.